lunes, 18 de enero de 2010

CRISIS DE LA MITOLOGÍA PETROLERA

Carlos Mendoza Pottellá
7 DE AGOSTO DE 1998
Los dirigentes del país se han enfrentado con ceguera al proceso involutivo que se ha producido en la industria petrolera venezolana desde mediados de los años 60 y hasta el presente: la desaceleración y caída de su capacidad generadora de excedentes.

Sobre la significación y perniciosos efectos de ese proceso alertó Juan Pablo Pérez Alfonzo, quien, en el mismo año en el que se registró la máxima producción petrolera –los 3,7 millones de barriles diarios de 1970- señaló que esa sería la cumbre que el país no la volvería a alcanzar en mucho tiempo, y que, cuando las cosas se pusieran verdaderamente duras por la imprevisión e irresponsabilidad de los gestores de la política petrolera y económica, "en la bajadita", nos esperarían los caimanes del capital petrolero internacional para imponer sus condiciones. Hoy estamos en plena “bajadita”.

A pesar de múltiples advertencias, la existencia real de ese proceso y sus previsibles consecuencias fueron subestimadas, o simplemente negadas, por los dirigentes de la política económica hasta mucho después de 1983. Se llegó a calificar como "profetas del desastre" a quienes alertaban sobre ello. Hoy, esas consecuencias son sufridas con gran intensidad por el país y en primer lugar por las cuatro quintas partes de la población, aquellas que se agrupan en los estratos de las familias con "necesidades básicas insatisfechas", en "pobreza crítica” y en “miseria atroz”.

Pese a que la experiencia venezolana de este siglo dice lo contrario, algunos sectores, interesados particularmente en el negocio, se empeñan en querer demostrarle al país que el petróleo será "la locomotora que impulsará al resto de la economía nacional". Se trata, simplemente, de insistir en el mismo modelo de desarrollo que ha fracasado en toda la línea en las ocho décadas pasadas.

Hoy, pese a los catastróficos resultados del funcionamiento de ese modelo, resucitan los mismos argumentos con los cuales se pretende seguir repitiendo la historia. ¿Cuantas veces más tropezaremos con la misma piedra? Al parecer, todavía tenemos que esperar para contarlas.

No escarmentamos y, nuevamente, el país vive una conmoción económica y social a causa de la inmensa brecha de ingresos que se ha abierto entre sus expectativas y exigencias presupuestarias y los resultados que se esperaban de un ingreso petrolero abatido por la descomunal caída de los precios, a cuyo desencadenamiento contribuyeron de manera fundamental los actuales dirigentes políticos y petroleros.

La soberbia y la voluntaria ceguera son dos conductas humanas que van siempre unidas y son definitivos determinantes de la ignorancia. Aquél que cree tener toda la verdad en sus manos está completamente incapacitado para aprender, para abrir los ojos y percibir los nuevos datos que la cotidianidad aporta para modificar y trastocar las prefiguraciones que nos hacemos sobre la realidad.

Esa tendencia a la ignorancia es casi siempre potenciada por el dogmatismo que imponen los intereses creados: las cosas son como las queremos ver, como nos conviene que sean, y no como son. Tal es el caso de la cúpula petrolera: sus integrantes escogieron el camino de una supuesta modernidad, formulando planes y políticas encaminadas hacia la expansión constante de la producción, apostando también a la privatización de la empresa estatal, tal como insistentemente ha propuesto su propio presidente.

En ese camino, han comprometido los ingresos que percibe la industria en inversiones de dudosa y a veces ninguna rentabilidad, como la “internacionalización” y la orimulsión, al mismo tiempo que se pospusieron los mejores negocios, aquéllos generadores de la renta, que no son otros que los dedicados a la producción de crudos livianos y medianos. Luego, y con la previsible excusa de un limitado flujo de caja, llamaron en su ayuda a las corporaciones petroleras internacionales, para entregarles, en asociaciones de “ganancias compartidas”, los más prometedores campos contentivos de esos crudos, en los cuales ya se había realizado, por décadas, un exitoso esfuerzo exploratorio.

De la misma manera promovieron el desmantelamiento de los mecanismos legales e institucionales que garantizaban a la Nación una participación razonable por la liquidación de cada barril de petróleo producido: Ya no es noticia decir que el Ministerio de Energía y Minas es un cascarón vacío al cual le fue suprimida toda capacidad técnica y todo poder de fiscalización. La eliminación del Valor Fiscal de Exportación, la reducción de la tasa del Impuesto Sobre la Renta de 67 a 34 por ciento en las asociaciones estratégicas y convenios operativos, la perversión de la Regalía en los convenios de asociación bajo el esquema de ganancias compartidas, para llevarla desde el 16,66% hasta el 1%, son algunos de los trofeos de esta permanente actividad “modernizante”.

Igualmente, y con un énfasis particular para sustentar sus escenarios expansivos, los dirigentes petroleros actuales plantearon, desde un principio, la inconveniencia de pertenecer a una Organización que limitaba el derecho soberano a hacer lo que les diera la gana en materia productiva, para terminar con la estridente política anti-OPEP que hizo aguas el 23 de marzo pasado.

Entonces la consigna era que no importaba que los precios cayeran, pues se podría incrementar la producción casi indefinidamente. Lo que importaba, por encima del “rentismo”, era la actividad productiva, supuestamente generadora de empleo masivo y de movimiento económico en general, y desde luego... de negocios particulares.

Anclados en ese paradigma y armados con los escenarios del Banco Mundial que predecían un permanente crecimiento de la economía mundial a tasas aceleradas -con una consecuente elevación del consumo de hidrocarburos capaz de absorber cualquier crecimiento de la producción petrolera- los estrategas petroleros construyeron su “Plan de Negocios” en 1992, con el cual se iniciaría una expansión que llevaría la producción a 6,3 millones de barriles en el año 2.006. Desde entonces lo han sostenido a troche y moche, contra todas las modificaciones de ese escenario que, poco a poco pero sin pausa, se estaban generando.

Sin evaluar, por ejemplo, que hace más de dos años los precios petroleros estaban dando muestras de debilidad y que su caída, a pesar de no ser pronunciada inicialmente, ha sido continua durante todo ese lapso, siguieron pontificando con soberbia: “si la OPEP nos critica, nos salimos y sanseacabó”, “la OPEP no puede hacer nada para detener la caída”, “nuestra estrategia se basa en precios bajos”, “aún a trece dólares nos dan las cuentas”, “la producción de los países no-OPEP va a disminuir muy pronto”, “compensaremos la caída de los precios con más producción”, “la caída de los precios es pasajera, es un efecto psicológico culpa de los especuladores”, “en el 2007 produciremos 7 millones de barriles diarios”.

Ya sabemos lo que pasó después, a partir del 23 de marzo. Se han visto obligados a tragarse sus palabras. Pero el daño ya está hecho: ninguno de los recortes pactados en Riad, Amsterdam o Viena han convencido al mercado, entre otras cosas porque se aplican mañosamente y, dados los gigantescos inventarios de crudo barato que tienen acumulados los consumidores, los precios se mantienen deprimidos y los analistas internacionales estiman que no se recuperarán en varios años. Así lo ha reconocido recientemente el economista jefe de PDVSA, al anunciar que la nueva meta del plan de expansión es, ahora, llegar a una producción de 5,8 millones de barriles diarios para el año 2008. Un ejercicio de terquedad planificadora... enfrentada a la terca realidad.
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